Septiembre no empieza de cero: volver al aula pensando en la profesión

Published by

on

Septiembre tiene algo de estreno.

Aulas que vuelven a abrirse, horarios recién impresos, nombres que todavía no asociamos a una cara, programaciones que reaparecen en la pantalla y esa mezcla tan particular de ilusión, rutina y vértigo que acompaña siempre al comienzo de curso.

Parece que todo empieza otra vez.

Pero no es verdad.

Los docentes nunca empezamos completamente de cero.

Llegamos a septiembre con una mochila bastante más llena de lo que pensamos. En ella están las actividades que funcionaron el curso pasado, aquellas otras que prometimos no volver a repetir, explicaciones que tuvimos que reformular tres veces hasta que alguien dijo «ahora sí lo entiendo», conversaciones con alumnos que todavía recordamos, decisiones acertadas y otras que, vistas con unos meses de distancia, probablemente tomaríamos de otra manera.

Y quizá ahí esté una de las mejores oportunidades que nos ofrece septiembre: no empezar de nuevo, sino empezar un poco más adelante.

En Formación Profesional esa idea adquiere, además, un significado especial.

Cuando un nuevo grupo entra en el aula, no estamos recibiendo únicamente estudiantes que tienen que superar unos módulos. Estamos acompañando a personas que, antes o después, tendrán que incorporarse a una profesión.

Esa diferencia debería cambiar muchas cosas.

Porque detrás de cada resultado de aprendizaje, de cada criterio de evaluación, de cada actividad y de cada contenido debería existir, en algún momento, una pregunta bastante sencilla:

¿Para qué tendrá que saber hacer esto cuando esté trabajando?

Puede parecer una pregunta demasiado elemental. Quizá incluso incómoda. Pero posiblemente sea una de las más importantes que podemos hacernos al preparar nuestras clases.

Durante muchos años hemos escuchado al alumnado preguntar:

—¿Y esto para qué sirve?

A veces hemos interpretado esa frase como falta de interés. Otras veces hemos respondido diciendo que «entra en el examen» o que «lo necesitarán más adelante».

Pero quizá deberíamos escucharla de otra manera.

Porque preguntar para qué sirve algo también puede ser una forma de buscar sentido.

Y en FP tenemos una oportunidad extraordinaria para proporcionárselo.

Un alumno no necesita aprender únicamente qué es un presupuesto. Necesita enfrentarse alguna vez a la necesidad de elaborarlo.

No basta con explicar cómo se atiende correctamente a un cliente. Habrá que colocarle delante de una situación en la que tenga que escuchar, interpretar una necesidad, reaccionar ante una queja o explicar una solución.

Tampoco deberíamos enseñar una herramienta digital solamente porque aparece en la programación. Tendría más sentido utilizarla para resolver un problema parecido al que podría encontrarse en una empresa.

Cuando conseguimos hacer eso, algo cambia.

El ejercicio deja de ser simplemente un ejercicio.

Se convierte en un encargo.

En una decisión.

En un problema.

En algo que necesita una respuesta.

Y el alumnado comienza a percibir que lo que ocurre dentro del aula guarda cierta relación con lo que algún día tendrá que hacer fuera de ella.

Eso no significa convertir el centro educativo en una empresa ni reducir la educación a las necesidades inmediatas del mercado laboral.

La FP es mucho más que aprender un oficio.

También educamos personas capaces de trabajar con otras, comunicarse, pensar, tomar decisiones, adaptarse, equivocarse, aprender de sus errores y desenvolverse en situaciones que todavía no conocemos.

Precisamente por eso el comienzo de curso puede ser un buen momento para revisar nuestra propia práctica.

No necesariamente para cambiarlo todo.

Quizá ese sea otro de los problemas habituales de septiembre: esa necesidad casi compulsiva de estrenar metodologías, aplicaciones, herramientas o proyectos.

A veces innovar consiste simplemente en conservar aquello que sabemos que funciona.

En otras ocasiones significa tener el valor de abandonar una actividad que llevamos años haciendo porque «siempre se ha hecho así».

Y otras veces se trata de probar algo pequeño.

Transformar una ficha en un problema.

Una explicación en una decisión.

Un ejercicio en un encargo profesional.

Una actividad individual en una tarea que requiera hablar con otros.

Una respuesta correcta en una solución argumentada.

No parece una gran revolución.

Probablemente no lo sea.

Pero muchas veces los cambios importantes en educación empiezan precisamente así.

Con una pregunta distinta.

Hay otra cuestión que este curso resulta difícil ignorar.

La inteligencia artificial ya forma parte de muchos entornos profesionales.

Cada vez tendrá menos sentido discutir simplemente si el alumnado «puede usar IA» y más sentido preguntarnos cómo debe aprender a utilizarla.

Porque utilizar una herramienta no equivale a saber trabajar con ella.

Un profesional tendrá que decidir cuándo merece la pena utilizarla, comprobar sus respuestas, detectar errores, proteger determinada información, contrastar resultados y asumir la responsabilidad final de las decisiones que toma.

También ahí tenemos una oportunidad educativa.

Quizá una actividad interesante ya no consista solamente en pedir al alumnado que resuelva un problema, sino también en dejarle utilizar determinadas herramientas y preguntarle después:

¿Por qué has elegido esta solución?

¿Qué parte has hecho tú?

¿Qué has tenido que corregir?

¿Qué información has comprobado?

¿Aceptarías esa respuesta si estuvieras trabajando realmente?

La herramienta cambia.

La pregunta educativa sigue siendo prácticamente la misma.

¿Sabe hacer algo con sentido y sabe explicar por qué lo ha hecho así?

Quizá la Formación Profesional haga especialmente visible algo que, en realidad, afecta a toda la educación.

Aprender debería permitirnos hacer algo que antes no podíamos hacer.

En Primaria puede ser comprender mejor un texto, resolver un problema o expresar una idea.

En Secundaria, interpretar una información, argumentar una postura o utilizar conocimientos para explicar lo que ocurre a nuestro alrededor.

En la universidad, investigar, analizar, diseñar o tomar decisiones fundamentadas.

Y en FP, además, esa transformación tiene muchas veces un horizonte especialmente reconocible: la profesión.

Por eso me gusta pensar que septiembre no empieza de cero.

Empieza con todo lo que hemos aprendido antes.

Con aquello que merece quedarse.

Con algunas cosas que conviene abandonar.

Y con unas pocas preguntas nuevas.

Quizá no necesitemos comenzar este curso preguntándonos qué herramienta vamos a utilizar, qué metodología vamos a estrenar o qué aplicación será la siguiente en aparecer en nuestras clases.

Tal vez podamos empezar por algo bastante más sencillo.

Mirar nuestra programación.

Elegir una actividad.

Y preguntarnos:

¿Qué será capaz de hacer mi alumnado después de pasar por aquí que hoy todavía no sabe hacer?

Si encontramos una buena respuesta, probablemente vayamos por buen camino.

Porque septiembre nunca empieza completamente de cero.

Y, afortunadamente, nosotros tampoco.


Créditos de las imágenes e infografías: creadas con inteligencia artificial generativa mediante ChatGPT (OpenAI) a partir de indicaciones propias.

Deja un comentario