El último día de agosto siempre tiene algo extraño. Todavía hace calor, aún quedan restos de arena en algún bolso y uno conserva esa absurda esperanza de que, si no mira demasiado el calendario, septiembre quizá tarde un poco más en llegar. Pero llega. Siempre llega.
Aquella mañana me lo encontré parado en un semáforo. No sé de dónde venía ni adónde iba, pero conducía una Vespa que parecía haber participado en una mudanza. Llevaba maletas, bolsas, una sombrilla, una nevera, un flotador y varias cosas cuya utilidad resultaba imposible adivinar desde mi coche. Miré todo aquel equipaje intentando comprender cómo podía mantenerse en equilibrio y pensé que, si añadía una bolsa más, aquello terminaría desplomándose en mitad de la carretera.
Entonces cambió el semáforo.
El hombre arrancó.
Despacio, naturalmente.
Y yo pensé: septiembre.
Porque hay pocas imágenes que expliquen mejor cómo comenzamos muchas veces el curso los docentes.
Regresamos después de las vacaciones con una maleta razonable. Dentro llevamos algunas ideas, las ganas de reencontrarnos con los compañeros, quizá algún propósito nuevo y esa sensación agradable de que un curso que empieza todavía está lleno de posibilidades. Hasta ahí todo cabe perfectamente.
El problema comienza después.
Alguien coloca encima la programación.
Otro añade la evaluación inicial.
Llegan los horarios, las reuniones, las plataformas educativas, los documentos pendientes, los planes del centro, las contraseñas que nadie recuerda, las familias, los proyectos que ya estaban en marcha, los nuevos proyectos que parecen imprescindibles, alguna formación, varias aplicaciones que deberíamos conocer y, últimamente, unas cuantas herramientas de inteligencia artificial que alguien asegura que nos cambiarán la vida.
La Vespa empieza a inclinarse.
Pero seguimos cargando.
Porque en educación tenemos una extraordinaria capacidad para incorporar cosas nuevas sin retirar ninguna de las anteriores.
«Esto también habría que hacerlo».
«Esto funcionó muy bien el año pasado».
«Esto nos lo han pedido».
«Esto puede ser interesante».
«Esto deberíamos probarlo».
Y cada frase termina convertida en otra bolsa colgada del manillar.

Lo curioso es que, mientras intentamos encontrar sitio para todo, todavía no han entrado los niños por la puerta.
Ese momento llega unos días después.
Y entonces ocurre algo que ninguna programación consigue anticipar completamente.
Entran hablando demasiado alto. Algunos parecen haber crecido media cabeza durante el verano. Otros buscan inmediatamente a sus amigos. Hay quien estrena mochila y quien conserva la misma del curso anterior, bastante menos entera. Uno necesita contar antes de sentarse todo lo que ha hecho durante las vacaciones. Otro entra sin decir una palabra. Alguien pregunta cuándo será el recreo antes incluso de que hayamos terminado de dar los buenos días.
Y allí están.
El grupo real.
No el que habíamos imaginado mientras preparábamos septiembre.

Ese.
Con sus ritmos, sus relaciones, sus inseguridades, sus capacidades, sus dificultades y todas esas pequeñas historias que todavía desconocemos.
Entonces uno comprende que quizá había empezado a preparar el curso demasiado pronto.
No porque programar no sea necesario. Claro que lo es. Ni porque no debamos organizar, prever o planificar. Sería absurdo. Pero existe una parte de la educación que solo puede comenzar cuando las personas están delante.
Hay que mirar.
Escuchar.
Esperar un poco.
Descubrir quién necesita más tiempo, quién necesita confianza, quién parece comprenderlo todo pero nunca pregunta, quién se pierde con facilidad y quién lleva tres días ayudando al compañero de al lado sin que nadie se lo haya pedido.
Eso también es evaluación inicial.
Probablemente una de las más importantes.
Y mientras los observo vuelvo a acordarme de aquella Vespa.
Porque quizá el problema no sea todo lo que llevamos encima. El problema es que hemos llegado a convencernos de que todo tiene la misma importancia.
Y no la tiene.
No todas las reuniones son igual de necesarias. No todos los documentos ayudan a enseñar mejor. No todas las herramientas digitales mejoran el aprendizaje. No todos los proyectos que podrían hacerse tienen que hacerse. No toda innovación consiste en añadir algo nuevo.
A veces innovar significa quitar.
Esa idea siempre me ha parecido mucho más difícil.
Añadir produce una agradable sensación de movimiento. Tenemos una aplicación nueva, un proyecto nuevo, una metodología nueva, una plantilla nueva. Parece que estamos avanzando.
Eliminar obliga a elegir.
Y elegir significa decidir qué consideramos realmente importante.
Quizá por eso al comenzar un curso deberíamos hacernos con más frecuencia una pregunta que rara vez aparece en las reuniones de septiembre:
¿Qué podemos dejar de hacer?
No para trabajar menos porque sí, sino para trabajar mejor.
Qué tarea repetimos simplemente porque siempre se ha hecho.
Qué documento ocupa tiempo pero apenas provoca decisiones.
Qué proyecto continúa por inercia.
Qué actividad hemos convertido en tradición aunque ya no sepamos explicar exactamente para qué sirve.
Qué podríamos simplificar para dedicar ese tiempo a hablar con un alumno, preparar mejor una clase, coordinarnos con un compañero o, sencillamente, pensar.
Porque hay algo que tampoco debemos olvidar: alguien conduce la Vespa.
Detrás de cada programación, cada proyecto, cada innovación y cada propuesta educativa hay docentes. Personas que tienen que sostener todo aquello durante nueve o diez meses.
Y resulta difícil hablar de escuelas que cuidan mientras construimos organizaciones que agotan a quienes trabajan en ellas.
Quizá por eso me gustaría que en septiembre hubiera más conversaciones sobre educación y algunas menos sobre procedimientos. Más tiempo para preguntarnos cómo están nuestros alumnos y menos para discutir dónde se guarda determinado documento. Más espacios para compartir lo que funcionó y lo que no, para reconocer dificultades, para pedir ayuda, para pensar juntos qué queremos conseguir durante el curso.
No todo tiene que estar decidido el primer día.
De hecho, probablemente sea mejor que no lo esté.
Un buen curso necesita planificación, pero también margen. Necesita una dirección, pero no un mapa que impida cambiar de camino cuando descubramos algo inesperado. Necesita objetivos, pero también la suficiente flexibilidad para escuchar lo que ocurre dentro del aula.
El hombre de la Vespa terminó desapareciendo entre el tráfico. No sé si llegó a su destino con todas las maletas. Quiero pensar que sí.
Yo continué conduciendo mientras imaginaba cuánto más sencillo habría sido su viaje si hubiera dejado alguna bolsa atrás.
Y quizá sea eso lo que deberíamos hacer nosotros ahora que comienza septiembre.
No preguntarnos cuánto más somos capaces de cargar.
Preguntarnos qué necesitamos realmente para llegar.
El curso será largo. Habrá tiempo para incorporar cosas, modificar otras, probar, equivocarnos y volver a empezar. No necesitamos demostrar durante la primera semana todo lo que somos capaces de hacer.
Quizá sea suficiente con saber hacia dónde queremos ir, mirar bien a quienes viajan con nosotros y procurar que quede algo de espacio para todo lo que todavía no sabemos que va a ocurrir.
Septiembre ya está aquí.
La Vespa también.
Este año, si puede ser, dejemos alguna maleta en casa.

Crédito de las imágenes: creadas con Gemini y ChatGPT, inspirada en el estilo gráfico de Francisco Ibáñez.


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