La inteligencia artificial ya forma parte de la manera en que muchos alumnos estudian, buscan información y realizan sus tareas. Los últimos datos de PISA 2025 lo confirman. Quizá, por tanto, el reto ya no sea decidir si la IA debe entrar en la escuela, sino enseñar a utilizarla con criterio, responsabilidad y autonomía. Y eso incluye también aprender cuándo es mejor no utilizarla.
Hace apenas unos años nos preguntábamos si la inteligencia artificial acabaría entrando en las aulas. Hoy esa pregunta parece casi ingenua.
La inteligencia artificial ya está dentro.
Está en los móviles, en los buscadores, en las plataformas que recomienda contenido, en las aplicaciones que corrigen textos, en las herramientas con las que se crean imágenes y, por supuesto, en los asistentes conversacionales que muchos estudiantes utilizan para estudiar, resolver dudas o hacer trabajos.
Podemos discutir cuánto nos gusta esta realidad. Podemos limitar determinadas herramientas, establecer edades, regular su utilización o decidir en qué momentos no queremos pantallas en el aula. Todo eso forma parte de una conversación educativa necesaria.
Pero hay algo que probablemente ya no podemos hacer: educar como si la inteligencia artificial no existiera.
Y los últimos datos de PISA nos obligan, además, a plantearnos una pregunta bastante más interesante que la de si debemos permitirla o prohibirla: ¿estamos enseñando a nuestros alumnos a utilizarla bien?
Un 54 % que debería hacernos pensar
Los resultados de PISA 2025, publicados por la OCDE hace apenas unas semanas, aportan un dato especialmente significativo. En España, el 54 % de los estudiantes de 15 años afirma utilizar chatbots de inteligencia artificial al menos una vez por semana para ayudarle a aprender, frente al 46 % de media de la OCDE.
Pero hay más. El 42 % los utiliza semanalmente para realizar una primera investigación sobre un tema, el 40 % para resumir textos que debía leer y el 33 % para redactar trabajos. Solo un 8 % afirma no utilizarlos nunca o casi nunca para ninguna de las tareas analizadas.
Creo que merece la pena detenerse un momento en esas cifras.
Porque quizá el debate educativo no debería empezar preguntándonos si nuestros alumnos utilizan inteligencia artificial.
La utilizan.
El verdadero debate empieza justo después.
¿Qué hacen con ella? ¿Por qué recurren a ella? ¿Son capaces de comprobar una respuesta? ¿Distinguen una explicación plausible de una explicación correcta? ¿Saben reconocer cuándo una herramienta les está ayudando a aprender y cuándo simplemente está haciendo el trabajo por ellos?
Y, sobre todo, ¿quién les está enseñando a hacerlo?

El problema no es simplemente usar IA
PISA aporta aquí un matiz especialmente interesante.
Los datos no permiten establecer una relación sencilla del tipo «usar IA es bueno» o «usar IA es malo». De hecho, la propia OCDE insiste en que la relación entre utilización de inteligencia artificial y rendimiento es compleja.
Los estudiantes que recurren a la IA para determinadas tareas escolares —como resumir textos, investigar o redactar— obtienen, de media, peores resultados que quienes no la utilizan para esas funciones. Sin embargo, cuando se analiza un uso general y moderado orientado a «ayudarme a aprender», las diferencias prácticamente desaparecen. Y hay un dato todavía más revelador: los estudiantes que utilizan habitualmente estas herramientas y han tenido oportunidades en la escuela para aprender a valorar críticamente la información generada por IA presentan resultados ligeramente mejores que otros usuarios frecuentes.
Quizá ahí esté una de las claves.
No parece que la pregunta adecuada sea cuánto usamos la inteligencia artificial.
Tal vez deberíamos preguntarnos cómo la usamos, para qué la usamos y qué ocurre cognitivamente mientras la utilizamos.
- Porque aprender sigue requiriendo esfuerzo.
- Leer sigue siendo necesario.
- Escribir sigue siendo necesario.
- Pensar sigue siendo necesario.
- Dudar sigue siendo necesario.
Y probablemente todo ello sea todavía más importante en un mundo en el que obtener una respuesta convincente requiere apenas unos segundos.
Alfabetización en IA no significa más pantallas
Hay además una confusión que convendría evitar.
Hablar de alfabetización en inteligencia artificial no significa defender que nuestros alumnos pasen más tiempo delante de una pantalla.
Ni mucho menos.
PISA 2025 vuelve a advertir sobre los problemas asociados a la distracción digital. Más de uno de cada cuatro estudiantes de la OCDE afirma que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o la totalidad de las clases de ciencias. La propia OCDE señala que las herramientas digitales funcionan mejor cuando se utilizan con una finalidad concreta y con moderación.
Esto me parece fundamental.
Podemos defender simultáneamente una mayor alfabetización en inteligencia artificial y una utilización más consciente, limitada y pedagógicamente justificada de las pantallas.
No hay contradicción.
De hecho, quizá una verdadera alfabetización digital consista precisamente en eso.
No en utilizar constantemente la tecnología, sino en saber decidir cuándo merece la pena utilizarla y cuándo no.
Entender, usar, cuestionar y decidir
Hace unos meses, la Comisión Europea y la OCDE publicaron el Marco de alfabetización en inteligencia artificial para Educación Primaria y Secundaria. El documento organiza este aprendizaje en cuatro grandes ámbitos: interactuar con la IA, crear con ella, gestionarla y participar de manera consciente en la forma en que la inteligencia artificial influye en nuestras vidas. El marco incluye 19 competencias y propone trabajarlas de manera progresiva a lo largo de Primaria y Secundaria.
Me gusta especialmente una idea que atraviesa todo el documento: la agencia del alumno.
Es decir, conservar la capacidad de decidir.
Quizá podamos traducirlo al aula mediante cuatro verbos muy sencillos:
entender, usar, cuestionar y decidir.
Entender qué es la inteligencia artificial y, al menos de manera elemental, cómo funciona. Saber que no piensa como nosotros, que trabaja con datos y patrones, que puede producir errores y que detrás de cualquier sistema existen decisiones humanas.
Usarla para explorar posibilidades, formular preguntas, recibir retroalimentación, comparar explicaciones, generar alternativas o desbloquear un proceso creativo.
Cuestionarla. Comprobar fuentes. Detectar errores. Buscar sesgos. Contrastar una respuesta. Preguntarse de dónde puede proceder una afirmación y por qué una máquina ofrece precisamente esa respuesta.
Y decidir.
Decidir cuándo utilizarla.
Cuándo no.
Qué parte de una tarea puede delegarse y cuál debemos seguir haciendo nosotros.
Ese último aprendizaje quizá sea uno de los más importantes.

No debería ser una asignatura nueva
Hay otra cuestión que conviene plantearnos. ¿Quién debería enseñar todo esto?
Quizá la respuesta sea: todos.
Si convertimos la alfabetización en inteligencia artificial exclusivamente en un contenido tecnológico, corremos el riesgo de reducirla precisamente a aquello que queremos evitar: aprender a manejar herramientas.
Porque verificar una respuesta tiene que ver también con Lengua. Contrastar evidencias, con Ciencias. Analizar cómo se construyen determinadas representaciones, con Ciencias Sociales. Reflexionar sobre autoría, derechos, privacidad o responsabilidad atraviesa muchas materias. Y decidir cuándo una herramienta ayuda realmente a aprender debería formar parte de nuestra manera habitual de trabajar en el aula.
Por eso probablemente no necesitemos una nueva «asignatura de inteligencia artificial».
Necesitamos que los centros construyan progresivamente una cultura compartida sobre su uso.
¿Qué esperamos que sepa hacer un alumno con IA al terminar Primaria? ¿Y al terminar Secundaria? ¿Qué usos consideramos adecuados en cada edad? ¿Cuándo queremos que trabajen sin ella? ¿Cómo enseñamos a verificar una respuesta? ¿Cómo abordamos la autoría? ¿Qué hacemos con los datos personales? ¿Qué criterios compartimos docentes, alumnado y familias?
Son preguntas mucho más educativas que tecnológicas.
Y quizá ahí debería comenzar el trabajo de los centros.

«Esto lo hago yo»
Imaginemos una actividad de escritura.
Podemos pedir a una inteligencia artificial que redacte directamente el texto. Técnicamente, habremos conseguido un producto en pocos segundos.
Pero también podemos utilizarla para otra cosa.
El alumno escribe primero. Después pide una valoración. Compara las sugerencias con su propio texto. Decide cuáles acepta. Rechaza otras. Pregunta por qué determinado párrafo resulta poco claro. Busca otra forma de expresarlo. Comprueba una información. Reescribe.
En el primer caso tenemos un texto.
En el segundo tenemos un proceso de aprendizaje.
Y esa diferencia importa.
Podríamos hacer algo parecido con un problema matemático, una investigación sobre ciencias, una explicación histórica o una exposición oral.
La pregunta debería acompañarnos continuamente:
¿la IA está sustituyendo el pensamiento del alumno o está ayudándole a pensar mejor?
No siempre será fácil responder.
Pero formular esa pregunta ya cambia mucho nuestra manera de diseñar las actividades.

También podemos aprender sobre IA sin utilizar IA
Hay otra idea del nuevo marco europeo que me parece especialmente interesante: la alfabetización en inteligencia artificial no exige necesariamente trabajar siempre con una herramienta de inteligencia artificial.
De hecho, el propio marco incorpora propuestas sin tecnología o con muy poca tecnología para comprender conceptos relacionados con la IA.
Podemos analizar cómo funciona una recomendación, comparar fuentes, estudiar qué información proporcionaríamos a un algoritmo para tomar una determinada decisión, debatir sobre privacidad, descubrir sesgos en conjuntos de datos o decidir qué tareas debería realizar una máquina y cuáles deberían seguir dependiendo de una persona.
- Podemos hacerlo hablando.
- Leyendo.
- Manipulando tarjetas.
- Debatiendo.
- Escribiendo en papel.
Porque alfabetizar en inteligencia artificial no debería confundirse con enseñar a utilizar la herramienta de moda.
Las herramientas cambiarán.
Las competencias deberían permanecer.
Quizá necesitemos menos «prompting» y más pensamiento
Durante estos últimos años hemos hablado mucho de aprender a escribir buenos prompts.
Tiene sentido. Saber comunicarnos con estos sistemas puede ser útil.
Pero empiezo a pensar que quizá hemos colocado demasiado pronto el foco ahí.
Un alumno puede construir un magnífico prompt y seguir sin ser capaz de determinar si la respuesta que recibe es correcta.
Puede conseguir una presentación espectacular y no comprender realmente aquello que está explicando.
Puede generar diez ideas en veinte segundos y tener dificultades para decidir cuál merece la pena.
Por eso la alfabetización en inteligencia artificial debería apoyarse en competencias que conocemos desde mucho antes de que apareciera ChatGPT:
leer con atención, formular buenas preguntas, argumentar, contrastar información, detectar contradicciones, crear, tomar decisiones y desarrollar pensamiento crítico.
Paradójicamente, cuanto más capaces sean las máquinas de ofrecernos respuestas, más importante será enseñar a nuestros alumnos a hacerse preguntas.
Una oportunidad educativa
Prefiero mirar todo esto desde una perspectiva optimista.
No estamos ante una batalla perdida contra una tecnología que nuestros alumnos utilizarán independientemente de lo que hagamos.
Estamos ante una oportunidad educativa extraordinaria.
La escuela siempre ha tenido una función que va mucho más allá de transmitir conocimientos: ayudar a interpretar el mundo.
Y el mundo que nuestros alumnos tendrán que interpretar incluye algoritmos, recomendaciones automáticas, contenidos sintéticos y sistemas capaces de generar imágenes, textos, vídeos y respuestas cada vez más difíciles de distinguir de los producidos por una persona.
Nuestra tarea no debería ser formar usuarios dependientes de esas herramientas.
Tampoco personas que las teman.
Deberíamos aspirar a formar usuarios conscientes, críticos, creativos y autónomos.
Personas capaces de aprovechar todo lo que la inteligencia artificial pueda aportarles, pero también de cerrar la pantalla cuando no la necesiten.
De pedir ayuda a una máquina sin renunciar a pensar.
De utilizar una respuesta sin entregar su criterio.
De decir alguna vez:
«Para esto puedo utilizar la IA».
Y otras muchas:
«No. Esto lo hago yo».
Quizá esa sea, precisamente, una de las mejores definiciones de alfabetización en inteligencia artificial.
Y uno de los aprendizajes más importantes que podemos ofrecerles hoy.
Créditos de las imágenes e infografías: creadas con inteligencia artificial generativa mediante ChatGPT (OpenAI) a partir de indicaciones propias.
Referencias
European Commission & Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). Empowering learners for the age of AI: An AI literacy framework for primary and secondary education.
Consultar el marco de alfabetización en IA
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). PISA 2025 results (Volume I): Future-ready students. OECD Publishing.
https://doi.org/10.1787/73451bc5-en
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026). PISA 2025 results (Volume I): Spain. OECD.
Consultar la nota de España
Organisation for Economic Co-operation and Development. (2026, September 8). PISA 2025: Students’ reading and mathematics performance declined sharply across the OECD.
Consultar la nota de prensa de la OECD


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