Hay ideas educativas que, cuando las explicamos demasiado desde el marco teórico, corren el riesgo de sonar lejanas. Nos pasa a veces con la inclusión, con la atención a la diversidad, con la evaluación formativa o con el Diseño Universal para el Aprendizaje.
Sabemos que son importantes. Sabemos que tienen sentido. Pero, en el día a día del aula, la pregunta que aparece muchas veces es mucho más concreta: ¿por dónde empiezo mañana?
Hace unos días publiqué en el blog de Conecta13 una entrada titulada “Cocinar aulas para todas las personas: el DUA como receta para empezar a transformar la enseñanza”, que puedes leer aquí:
https://conecta13.com/reflexiones/cocinar-aulas-para-todas-las-personas-el-dua-como-receta-para-empezar-a-transformar-la-ensenanza/
La idea de fondo era sencilla: acercarnos al DUA desde una metáfora cotidiana, amable y fácil de entender. Pensar el diseño de una experiencia de aprendizaje como quien prepara una receta.
No porque exista una receta única. Todo lo contrario.
El DUA no consiste en seguir una lista cerrada de pasos ni en añadir adornos a una actividad que ya está diseñada. Se parece más a cocinar con intención: conocer a las personas para las que diseñamos, elegir bien los ingredientes, anticipar posibles barreras, ofrecer alternativas y ajustar la propuesta mientras el aprendizaje sucede.
Cuando cocinamos, no pensamos solo en el plato final. Pensamos en los ingredientes, en los tiempos, en las personas que van a comer, en sus gustos, en posibles alergias, en la forma de presentar la comida y en cómo hacer que la experiencia sea agradable. En educación ocurre algo parecido. Una buena propuesta no es solo la que tiene un buen contenido, sino la que permite que más alumnado pueda acceder, participar y mostrar lo que ha aprendido.
Una de las aportaciones más potentes del DUA es precisamente ese cambio de mirada. En lugar de preguntarnos únicamente qué dificultad tiene un alumno o alumna, podemos empezar a preguntarnos qué barreras puede estar generando la propia actividad.
A veces la barrera está en una instrucción poco clara.
A veces, en un texto demasiado denso.
A veces, en una única forma de participar.
A veces, en una evaluación que llega demasiado tarde.
A veces, en no ofrecer modelos, apoyos o tiempos suficientes para avanzar con seguridad.
Y esto es importante: aplicar el DUA no significa preparar una actividad diferente para cada estudiante. Esa idea, además de poco viable, no recoge bien el sentido del enfoque. Aplicar el DUA significa diseñar desde el principio con más flexibilidad, con más claridad y con más conciencia de la diversidad real que ya existe en cualquier aula.
Por eso me gusta la metáfora de la cocina. Porque nos aleja de la idea de “hacer más” y nos acerca a la idea de “diseñar mejor”.
En la entrada de Conecta13 compartimos también un fanzine culinario del DUA, pensado como recurso visual para trabajar esta idea de forma sencilla. El fanzine presenta los tres grandes ingredientes del DUA: la implicación, la representación, y la acción y expresión. Pero, sobre todo, invita a empezar por algo manejable: mirar una actividad concreta y preguntarnos quién podría quedarse fuera.
Esa pregunta puede ser un gran punto de partida.
No hace falta transformar toda una programación de golpe. Podemos empezar por una sesión, una tarea, una explicación, una rúbrica, una dinámica de equipo o una actividad de evaluación. Podemos revisar qué apoyos ofrecemos, qué opciones damos, cómo presentamos la información, cómo recogemos evidencias o cómo ayudamos al alumnado a comprender mejor la meta de aprendizaje.
A veces, pequeños cambios abren posibilidades enormes.
Hacer visible el recorrido de una tarea.
Ofrecer un ejemplo antes de empezar.
Permitir distintos formatos de entrega.
Dar una plantilla para organizar ideas.
Incorporar una pausa de revisión antes de la entrega final.
Conectar el reto con una situación cercana.
Explicar mejor qué esperamos y cómo se va a valorar.
Nada de esto es especialmente espectacular. Pero muchas veces ahí está la transformación real: en decisiones pequeñas, sostenidas y bien pensadas.
El DUA no es una moda ni una etiqueta para poner al final de una programación. Es una forma de mirar el aula, de anticipar barreras y de diseñar experiencias de aprendizaje más habitables, más accesibles y más justas.
Quizá por eso me parece tan útil explicarlo como una receta. Porque cocinar también es cuidar. Y diseñar una buena experiencia de aprendizaje, en el fondo, tiene mucho que ver con eso: cuidar las condiciones para que más personas puedan aprender, participar y sentirse parte.


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